Qué me costaba llorar si ya tenía los brazos y las piernas inmóviles, totalmente lastimadas, tal vez no llorar por todo el dolor físico que ya había sufrido a lo largo del día, sino por ese vacío en mi alma que sentía por la falta de su contacto. Cuanto la había amado, cuantas veces me había entregado por completo a su ser, dónde hubiera podido definir amor sino solo como instrumento de su ser, cómo lo hubiera entendido. Que inútil me siento al no poder llegar a su lado.
Yo no soy el que llora, es ella la que lo hace; eres tú que con tu cabellera sucia y con tus manos llenas de lodo intentas calmar mi dolor, y que a pesar de la fuerte lluvia, sigues alzando tu mirada hacia mis ojos, compartiendo no solo la esperanza de volvernos a ver sino también el miedo de que la muerte sea la fiel destructora de todo amor inconcluso. Pero no te preocupes, quién más que yo para entender que esto no es un adiós, quién más que yo para decirte sin temor que nuestro amor no es efímero, nos amaremos por siempre, la infinidad de los días serán solo el comienzo y la vida eterna un destello pequeño de la luz segadora de nuestra existencia juntos.
Tú corpiño entre abierto me hace recordar la suavidad de sus senos y el calor que provocaban en mi rostro cuando me acurrucaba en el. Y aunque siempre decías que mi barba te provocaba un cosquilleo molestoso, yo sabía que provocaba en ti mucho más que eso. Mi compañera de siempre, mi amante fugaz y duradera.
Yo no fui tu primer amor, yo no fui tu primer beso, ni tampoco el mejor; yo no toqué por primera vez tus muslos, ni levanté tu túnica a la altura del deseo, yo no fui nada de eso. Porque solo fui el primero al que deseaste no por parvedad sino por pasión, porque solo fui el primero que te beso con suavidad, con el afán de dar y recibir, sin tener saldos, sin saber si habrá un después, nuestro es el ahora, nuestro y de nadie más.
Qué difícil es ver ahora tus grandes ojos negros llenos de lágrimas postrados a tierra, alimentando más el lodazal que provoca este temporal frío que pregona mi partir. Esos ojos negros que recuerdo bien me miraban fijamente y extasiados mientras mis manos buscaban tu monte preciado. Porqué debo sentir esto, porqué es tan grande el dolor sobre mi pecho; el dolor de mis heridas es más apacible que el sufrimiento de verte llorar. Que ganas tengo de renunciar, de consolarte y decirte a los ojos y mientras acaricie tu cabello, que nada pasó, que solo fue una pesadilla, que me quedaré a tu lado y que no partiré jamás.
Que ganas que tengo de besar tus manos, ellas no merecen la suciedad que del suelo toman, el hambre y la necesidad pudieron obligarlas a tocar cientos de veces cuerpos ásperos pero nunca dejaron de ser dóciles y blandas. Fueron sus manos las que limpiaron la soledad de mi cuerpo, las que limitaron mis fronteras y borraron mis miedos sin remordimientos. Porqué ahora tienen que estar tan lejos de mí, porqué en este preciso momento no se elevan y sanan de una vez mis heridas, por qué ÉL no te dio alas si eres más ángel que cualquiera que se encuentre en el cielo.
De ti hablará la historia, te describirán rubia, pelirroja y morena; tus ojos serán del color del mar, de la noche y de tranquilas praderas; tu cuerpo será venerado por unos y por muchos otros maldecido y malinterpretado. Pero solo seré YO quien tuvo la gracia de saber y descubrir con las yemas de mis dedos cada rasgo, cada límite, cada molde y sentimiento que fueron tuyos y los compartiste conmigo. Pestañas rizadas y cintura perfecta, cómo quisiera retroceder el tiempo a aquellos momentos cuando venciendo toda clase de apetito podías bañarme y secarme por completo, cómo retroceder el tiempo a aquellos días cuando tus ojos me veían desnudo mientras me levantaba de la cama a beber un vaso de vino, cómo regresar el tiempo a aquellas batallas que libraban dos cuerpos y el amor. Cómo regresar a aquellas noches que mientras la luna te rodeaba entera, yo te miraba enredada entre sábanas llenas de amarillentas manchas y sudor. Cómo besar ahora aquellas manos, cómo olvidar que se mezclaban con mis cabellos y mis fluidos mientras me hacías el amor.
No mojes más tu boca, no lo hagas más, junta tus labios que ni la lluvia del cielo merece de alguna manera rozar el filo rojizo y voluminoso de la fuente de tus deseos. Más bien huye de aquí, que no quiero que nuestro último beso sea este, que no quiero que la última vez que me veas sea hoy. Quiero con más deseo recodar aquella noche que luego de la cena, a la luz de las estrellas bese hasta el más mínimo rasgo de tu piel y la más grande forma de tu apetito.
No intentes forzar tu voz, ya no puedo escuchar nada, este bendito líquido rojo que sale de las llagas de mi frente y cabeza taponó ya mis oídos. No fuerces más tu voz porque entiendo todo lo que me dices sin tener que escucharte, no necesito mis oídos para entenderte, porque sé que lo hiciste desde el primer momento en que te vi y siempre lo demostraste con todo tu ser. Yo también te ame, desde la primera vez, sabía que había más que un simple encuentro aunque todo el mundo lo iba a interpretar mal. Como no amar a quien lo dejó todo para ir detrás de mí, incluso seguirme hasta aquí, arriesgando su vida para verme partir, para verme sufrir. Hoy entiendo que no solo me amas por lo que hice o por lo que puedo hacer por ti, sino por lo que realmente soy, un hombre de carne y hueso que siente dolor como cualquier otro y que siente amor y pasión dentro de las venas como cualquier rey o pordiosero, como cualquier hijo o padre.
Si pudiera ser lo que sueño, sería otro nuestro destino, solo seríamos dos y nadie más.
Nadie puede negar que te ame y que diera mi vida por ti, que detrás de mi propio yo, es a ti a quien pueden encontrar. Nadie podrá negar que te amaré por el resto de mi existencia y si lo hacen solo lo harán los mentirosos que no aman o se limitan a amar, el amor es mucho más que sus simples ideas o sus simples interpretaciones.
El amor eres tú, que ahora lloras desconsoladamente en mis pies impidiéndome partir, impidiéndome dejarte y dejar atrás todo lo que debo dejar. Desde que te conocí no quise abandonarte, porque desde hacerlo aprendí a dudar y a entender que no todo lo que hago es lo correcto. Tú eres mi verdadero albedrío, mi verdadera jueza y creadora de mi voluntad.
Ven a mí y fúndete una vez más en uno de nuestros besos, acaríciame y consuélame en tu cuerpo desnudo, y no llores más que la muerte es tan parte de la vida como tus lágrimas de mi dolor.
Magdalenaaaaa…. mi María, solo puedo gritar tu nombre pero no puedo llorar, por favor ya no derrames más aquellas tus dulces lágrimas que alguna vez bañaron de perfume mis pies, deja de llorar porque nadie nunca merece llamarte puta, porque eres santa para él que naciones enteras llamarán sagrado.
Acaríciame el pecho con tus dedos de cristal y hunde ya tus uñas dentro de mi libido, que no quiero esperar más al triste tiempo cuenta gotas que solo me deja la impaciencia de hacerte mía. Bésame y mezclemos nuestros fluidos como si fueran uno solo; acaricia mis piernas y rodéalas de esa tu suave piel de marfil, para que al fin ya no me llames tu salvador ni tu salvación porque ya sea en esta tú habitación o en este instante solo eres tú quien tiene la fuerza para levantar almas del cementerio y matar con la furia de tus muslos abiertos a cualquier hombre sobre la tierra. Revuélvete el cabello y haz sobre mí lo que tu pasión desee, soy solo un utensilio de tu creación.
Para Caro L. Que gracia a su temperamento y hermosura inspiró mis letras que ya parecían morir.
03-10-10
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