
Realmente estaba agitado, ya eran varios los días que no podía dormir. Sabía que él iba a volver y a pesar de que ya estaba acostumbrado a tenerlo cerca de mí, hoy no quería que regrese. No quería verlo, no quería que atraviese la puerta de mi cuarto y me obligué volverme como él, eso nunca.
Él vive un mundo muy diferente al mío y no quiere aceptar que soy feliz con lo que hago. Miles de veces me despertaba a media noche para obligarme hacer lo que él quería, me tenía ahogado entre obligaciones y deberes, me volvió débil, me convirtió en un artículo más de su inventario.
Estaba desesperado –él viene por mí- me repetía cientos de veces mientras me acurrucaba en alguna esquina o me tomaba de la cabeza y caminaba sin rumbo alguno. Estaba volcado en la locura, contaba los días, las horas, los minutos, los interminables segundos, ¿Cuándo él vendría?
Solo fue cuando sentí su respiración en mi nuca que supe que había llegado. Mi cuerpo se congeló, tenía tanto miedo. Me tomó del brazo y me volteó para mirarme fijamente, quería matarme, se cubrió la cara con sus manos y con gestos de irá empezó a gritar sin sentido.
¿Qué demonios te pasa? - me dijo- piensas botar a la basura toda tu vida, todo por una simple novela que nunca acabarás de escribir, o mejor dicho, que ni siquiera la has empezado, cuando entenderás que las letras no te llevarán a ningún lado, no eres un escritor, se nace no se hace. Solo escribes como cualquier otro podría hacerlo.
Tú no entiendes-le dije-
¿Crees que no entiendo lo que sucede? pasas horas y horas escribiendo pendejadas en tu cuaderno, incluso hasta la madrugada y nunca tomas un libro de lo que realmente debes estudiar, acaso ese no es un problema y si no lo es ¿cuál es entonces?
Realmente no tenía respuesta, eran tantas las veces que me consumía en escribir, en pensar que lo podía hacerlo mejor, había dejado algunas cosas atrás para dedicarme a esto. Quizás esto de ser un soñador no es lo correcto pero lo quería intentarlo. Mis manos estaban temblando y repletas de sudor, cada vez que me veía me provocaba esta sensación. El fracaso.
Él esperaba una respuesta así que me arme con lo poco que me quedaba de dignidad para decirle en voz baja.
Mis sueños
Mis ¿qué? – me dijo-
Es su rostro pude notar que no entendía el significado de esa palabra, creo incluso que nunca la había utilizado en alguna de sus oraciones. Me repudia tanto su rostro, por qué la gente vive tan lejos de sus sueños y tan cerca de la realidad. ¿Es tan difícil arriesgarse sin que te importe lo que pueda pasar? Así que le dije acentuando mi voz en cada frase en lo que para él no tenía eco.
Y que se supone que son sueños para ti – me dijo- conmoverte con los problemas de otros, escribir textos que de nada te servirán en la vida, que de nada servirán a los demás, eso es no ser útil entiende de una vez. Olvídate de todo esto de escribir, bota todos esos libros a la basura, deja la escritura para los desocupados para los que no tienen ni idea de que la gente no se alimenta de letras sino de pan. Acaso eres un idiota, tienes una roca en la cabeza, Reacciona el mundo no está en tus libros, está de la ventana para afuera.
Mis ojos se tornaban rojos, tenía razón en muchas cosas. Y mientras continuaba con su discurso yo no podía alzar el rostro para verlo fijamente a los ojos, no tenía como defenderme, de ambos yo siempre fui el más débil. A él no le gusta que llore no podía ser sensible ni siquiera cariñoso.
Se acercó al librero y sin pensarlo dos veces botó todo al suelo, recuerdo que en sus manos se encontraba una obra de Peter Handke, La tarde de un escritor, que lejos de esa realidad me sentía en ese momento. Se alteró a tal grado cuando se la arrebaté de las manos, que levantó su mano y me dio una bofetada –ya basta- me dijo mientras yo podía sentir como su saliva llegaba sobre mi rostro volteado por el golpe. Abracé el libro y me agaché hasta llegar al piso, no sabía cuál golpe fue más fuerte, la bofetada o la duda que sentía en mi sobre si realmente hacía lo correcto.
Levántate – me gritó – quiero que me veas a los ojos y me respondas algo.
Me tomó de la camisa y de un impulso me levantó del suelo, me puso tan cerca de él que podía sentir como su corazón bombeaba sangre más rápido de lo normal. No me dejaba respirar con facilidad, estaba unos centímetros sobre el suelo, él siempre fue más alto.
Cuáles son tus sueñitos- me dijo, con una voz que cuando avanzaba se distorsionaba para burlarse.
- dime – gritó varias veces.
Nunca había sentido algo así, mis fuerzas se esfumaban y la luz se empezaba a opacar, sentía una especie de costillas en mi brazo derecho cuando él me tambaleaba, me dolía la cabeza y cientos de recuerdos empezaron a llenar en pocos segundos lo que creía era vestigios de mis pensamientos. Me pesaba el cuerpo, no sabía de donde él sacaba tantas fuerzas para mantenerme en el aire tanto tiempo sin ni siquiera agotarse un poco. No podía morir así, esa no era la muerte extraordinaria que estaba esperando.
Me arrojó sobre la cama casi inconsciente, la desesperación de salir de ese cuarto y encontrarme en cualquier otro lugar que no sea ese crecía como mis temores más grandes, y la proporción se mantenía. No encontraba ni siquiera la salida, mi mirada era desorbitada y el cuarto parecía expandirse dejándome como un simple insecto ante su inmensidad. No podía inhalar, lo único que escuchaba era un sonido ronco producido desde mi pecho y parte de mi garganta.
Responde – me dijo- ¿Cuáles son esos sueñitos que tienes? Respóndeme.
Yo supe que me encontraba bien cuando empecé a llorar, y entre mis sollozos e intentos de poder respirar mejor le dije.
No lo sé – empecé a toser- mis sueños son muchos, quiero lograr muchas cosas, incluso lo que tu quieres para mi, cosas que incluso nadie ha logrado nunca hacer, estoy dispuesto a lograrlas todas, sé que puedo. Escribir es uno de mis sueños, tal vez el más grande y más difícil, es el que me va acompañar a conseguir a todos los demás, incluso me va a ayudar. Me hace sentir libre. con el puedo escapar de esta realidad y dar un final correcto a cada cosa que pasa, no todos ven la vida tal y como es, tengo derecho a escoger la forma, tengo derecho a hacerlo.
Mi llanto se parecía al llanto de un niño extraviado y solo, mi voz se empezó a quebrar entre frase y frase. Y tal como imaginé algún día o alguna noche entre un sueño y mi verdad, no me podía controlar.
Se volteó, tomo todo lo que había escrito, cada hoja de cuaderno, cada libreta y empezó a romperlos. Cientos de papelitos terminaban en el suelo. Mis sentimientos estaban regados por todos lados, la forma se había convertido en un rompecabezas.
Claro que tienes derecho a escoger,- me dijo- a lo que no tienes derecho es a decidir por mi.
Cuando salía azotando la puerta se aseguró que escupir sobre todo lo que estaba en el suelo. Yo estaba acurrucado con las manos en el rostro. Tenía miedo, no tenía salida. Solo cuando pude tranquilizarme y quitarme las manos del rostro pude darme cuenta que estaba al frente de un espejo.
Entre la genialidad, la locura y la nada hay solo un paso.
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